everybody loves a big fat lie
Where is this love? I can't feel it, I can't touch it, I can hear it, yes, I can hear some words, but I can't do anything with your easy words.

Fecha de vencimiento, julio de 2007
Seguramente no había más de tres grados en ese banco, pero aún así no se sentía, porque parecía que una tetera provenía desde el fondo de la tierra y lanzaba un vapor asfixiante entre las piernas. Creo que pocas veces (más bien nunca) había logrado un estado tan extraño; tus ojos cerrados creaban una atmósfera incontrolable y no me daba ni cuenta cuando de pronto estaba sobre ti, con los labios llenos de brotes, de surcos cargados de amapolas. Era el fuego mismo de las lenguas que se raspaban levemente, el juego de las propias paredes de vasos sanguíneos que explotaban entre sí. El esternón se me abría como botón a mediodía y entonces podía sentir que había un flujo de salivas y de respiros, el sudor de la frente se te volvía hielo, las lenguas se entrecortaban de nuevo y paralizaban hasta los orgasmos de los perros del vecino y tus pezones me clavaban como desde lejos. Las alarmas del volkswagen y el peugeot no se detenían y nosotros tampoco; era como si supiéramos que existía un precipicio y aún así camináramos por el borde, siempre tan al límite. Y es que no dejo de pensar que existe un traspaso de energías entre los cuerpos, que los balazos que se escuchan en el cielo son una especie de prolongación de nosotros mismos, parte de esta complicidad que quiebra tanto el silencio. Frente a tu pecho cubierto de poliéster me olvido de Kant y sus problemas metafísicos, y ya no sé cómo hacer para acercarme más a tu piel, pues estoy tan cerca que pareciera que los vellos de tu cara me acarician los poros y los succionan de la nada, pero aún así no me basta, porque hay algo que se interpone todavía y que me arde, que me hierve la sangre. Entonces es en ese momento cuando te meto en un frasco y nos envaso al vacío, imagino el sacarte la ropa y el perfume hasta llegar al fondo de ti, sin que el aire se interponga y embriagarme hasta el mito y quemarme, quemarme como la leña que se enerva en un bosque talado.

Sobre el Ser o no Ser
Desde que me levanto en la mañana me ahogo en dicotomías; me agarran por el cuello y no paran de cortarme la circulación. Qué pie pongo primero en el piso, si debería usar jeans para no verme ridícula por usar falda en invierno o usar la falda de todos modos y no tomar en cuenta lo que piensen los viejos cafiches de la facultad, si tomar café considerando que me puede salir una úlcera o un tazón de leche que me hinche el estómago. Hace unos años era lo de enfermera o bombero, carabinero o arqueóloga, medicina o gastronomía, pero preferí ser doctora y, con eso, se acababa la multiplicidad de caminos. Es que cansa el tener que optar por alfa y dejar a beta, para luego pensar que alfa tal vez no era lo mejor y que sí lo era beta pero que beta está a tantos años luz que ya no se puede y punto. En fin, me ganaron los cadáveres porque me daban estabilidad, porque de una vez por todas tenía algo claro en mi vida (mi gusto por abrir cuerpos los nueve días de la semana, las veintiocho horas al día) hasta que de pronto aparece el parásito de la incertidumbre. Entonces ahora tenía nuevamente dos veredas para llegar a lo mismo, pero volver a decidir ya me tenía el seso marchito. Me casé con las bibliotecas y, cuando por fin estaría parada en un terreno más plano, todo se tradujo en nuevas bifurcaciones: tomar la línea cinco en dirección Quinta Normal o Vicente Valdés, si debo ocupar los trescientos noventa pesos en fotocopias de Skinner o de Lacan, ahorrarlos para comprarme unos zapatos en un futuro lejano o dárselos a un mendigo que venda parches curita de Bob Esponja. Y de nuevo el jueguito estúpido de alfa y beta que no se cansa; la tentativa absurda de seguir en lo mismo en que estoy metida o de escupirle a Bolaño en la tumba, tomar el primer vuelo que me conduzca a todos lados y a ninguna parte y salir, salir de los libros manchados de angustia. Pero, de un momento a otro, todo se traslada hacia otra esfera del pensamiento; las cosas se me vuelven claras cuando las escribo y me doy cuenta de que al elegir ahora ya no tendré que volver a tomar más decisiones en toda mi vida. No me doy ni cuenta en qué minuto ni el motivo, pero la vista se me va nublando sin detenerse y el corazón deja de dispararse con la misma fuerza bruta de antes.