
Noviembre 17, otoño de 1993.
No era aquello lo que buscábamos y perseguíamos con exuberante ímpetu: vernos enfrentados ante las limitantes de una realidad hostil e incierta, sino más bien aquel encuentro casual, que ambos sabíamos sería lo menos casual de nuestras vidas, que nos condujera a experimentar lo anhelado, que pudiese ser lo que lentamente comenzábamos a compartir: aquella confabulación inverosímil que tanto nos deleitaba en secreto.
Teníamos quizá la certeza de que, desde mucho antes de que naciésemos, hubiese escrítose aquel destino que envolvería almas crudas como las nuestras en tormentas de risa y hojas secas, en lágrimas caóticas de desaliento y miedo, añoranzas cubiertas de locura inasumible, pensamientos irrumpidos por lujuria y respeto; pero no se entrelazaban en ambarinas y tornasoles clarividencias propias de cada uno; no establecía siquiera una similitud con lo que deseábamos realmente. Sin embargo, fue aquel mismo mundo sumido en paradigmas el que nos desterró de incuestionable manera, dejándonos libres para conducirnos nosotros mismos a donde esperábamos llegar.
Caminábamos de aquí a allá sin dar cabida a lo que especulábamos podía suceder, pues nada nos aterraba más que pensar en el encuentro de un fortuito camino que habría de conducirnos irrefutablemente hasta aquella profecía contradictoria. Solo dejábamos llevar nuestros cuerpos etéreos de un lado a otro sin dicotomías previamente establecidas, otorgándole recóndita importancia tan solo a esa extraña connotación que ninguno de los dos podía aún así manifestar, intentando verdaderamente no interferir con ciertos indicios ambivalentes del subconsciente.
Fue el silencio sepulcral, acaso, de nuestras almas el que reflejaba aquella analogía propia que creíamos haber perdido en un sendero subrepticio; el que a través de su incondicional entrega, nos motivaba a continuar con testimonios misántropos de lo habitual, que pudiesen destruir las fortalezas levantadas en naipes.
A medida que nos anticipábamos hacia el punto convergente, lograba divisar a párpados sobrepuestos su bella silueta imaginaria, aquella que alcanzaba a rodear sin escrúpulos con la mirada. Era una de las tantas faenas áureas del viento la que se involucraba con la oscura tonalidad atribuyente a su cabello, ocasionándole diversas impresiones que dejaban claramente entrever no habían sido vividas precedentemente, reaccionando de tal manera que este resbalase entre sus dedos de niña, lo que asimilé como un dejo de inmadurez que impedía apartar mi atención. Percibí cómo su corazón se aceleraba progresivamente cauto, sin saberlo, al compás de mi suspiro desenfrenadamente atenuado y omnipresente. Advertía entonces a la quema de cierta atmósfera ceñida en dieciséis crepúsculos, la vela consumida de mi dorso, impulsándome a correr con furia hacia direcciones inconclusas. Ya podía notar cómo las imperfecciones del tiempo se volvían placenteramente banales y absurdas a cada milésima de destello que transcurría.
Me es de suma dificultad recordar con completa exactitud cómo nuestros pies descalzos de convicción y armonía translúcida, enmudecidos bajo un estado algo ambiguo, fueron capaces de trasladarnos hasta la lluvia arbórea que caía sin previo consentimiento. Cedimos entonces al perenne andar sin objeción alguna, acercándonos poco a poco a cierta utopía esclarecida, al flagelo dominante del húmedo tango que respirábamos a la par, mientras que el carrusel de su mente y de la mía cómodamente nos importunaba. Fueron, como la torpeza e inexperiencia que irradiaban la lámpara encendida de sus ojos, junto a los espontáneos movimientos inscritos en el piso que golpeaban amargamente mi sien, los resultantes de una mejilla cristalina en flor y labios, tras imaginar anteriormente el ligero soplo de su partida y advertir, ya pronto, el haberla perdido irremediablemente.
Nos hallábamos tan solo a metros de concurrir al renacer próximo de antiguas conjeturas, cuyos particulares centinelas yuxtapuestos en confusión, tendían a desordenar todo paradigma previamente existente entre nosotros. Se entremezclaban, ya pronto, el goteante silbido enigmático de su vientre con la joroba continua y el pregón ardiente y doloroso de la anciana agonizante al pie de una escalera interminable, cuyo rostro octogenario acudía, indisputable y lastimero, al vuelo eterno en lozanía de aves mendicantes.
Minutos, años, días, noches, cielos, infiernos, ánimo, hastío, dignidad, declive… Acaso todo aquello se interponía entre su carrera y la mía. El tintero lóbrego vertido sobre aquella epístola de ásperos y dúctiles vocablos derramados y la irrealidad incompatible de su vocifera mirada.
Me era imposible no reflexionar sobre lo que fehacientemente sucedería en pequeños intervalos de segundo y distinguirme absorto al superpuesto y vil desengaño de su semblante intrépido. Entre vacías sendas y pavimentadas eventualidades, la visualicé a paso ineficiente por las veredas resquebrajadas de su solitaria y obstinada calle, intentando inútilmente hallar una explicación inequívoca que comprendiese el andar sin rumbo bajo tantos paraísos en decadencia. Fue en aquel momento que nos encontramos frente a frente, con aquellas superfluas y abstractas caretas sin nombre. Detúvose allí, el anómalo tiempo: contemplación etérea de otoños absueltos. Recíproca, homóloga, compenetrada mirada… no bastó con tu dulce acerbo para que forjásemos aquel descuido lánguido tan natural en ambos. Cada uno apáticamente, sin pronunciación de sentimientos, dio un giro estrepitoso e irreverente, como extremos totalmente disímiles, siendo fieles a su propio curso y lecho, en desacuerdo con cualquier discernimiento. Tan solo eludiéndose simultáneamente, cual miradas escépticas, tibias y sin sombra, por no ser aquel el momento ni el lugar que verdaderamente dentro de sí añoraban y deseaban con absoluto delirio.
No era aquello lo que buscábamos y perseguíamos con exuberante ímpetu: vernos enfrentados ante las limitantes de una realidad hostil e incierta, sino más bien aquel encuentro casual, que ambos sabíamos sería lo menos casual de nuestras vidas, que nos condujera a experimentar lo anhelado, que pudiese ser lo que lentamente comenzábamos a compartir: aquella confabulación inverosímil que tanto nos deleitaba en secreto.
Teníamos quizá la certeza de que, desde mucho antes de que naciésemos, hubiese escrítose aquel destino que envolvería almas crudas como las nuestras en tormentas de risa y hojas secas, en lágrimas caóticas de desaliento y miedo, añoranzas cubiertas de locura inasumible, pensamientos irrumpidos por lujuria y respeto; pero no se entrelazaban en ambarinas y tornasoles clarividencias propias de cada uno; no establecía siquiera una similitud con lo que deseábamos realmente. Sin embargo, fue aquel mismo mundo sumido en paradigmas el que nos desterró de incuestionable manera, dejándonos libres para conducirnos nosotros mismos a donde esperábamos llegar.
Caminábamos de aquí a allá sin dar cabida a lo que especulábamos podía suceder, pues nada nos aterraba más que pensar en el encuentro de un fortuito camino que habría de conducirnos irrefutablemente hasta aquella profecía contradictoria. Solo dejábamos llevar nuestros cuerpos etéreos de un lado a otro sin dicotomías previamente establecidas, otorgándole recóndita importancia tan solo a esa extraña connotación que ninguno de los dos podía aún así manifestar, intentando verdaderamente no interferir con ciertos indicios ambivalentes del subconsciente.
Fue el silencio sepulcral, acaso, de nuestras almas el que reflejaba aquella analogía propia que creíamos haber perdido en un sendero subrepticio; el que a través de su incondicional entrega, nos motivaba a continuar con testimonios misántropos de lo habitual, que pudiesen destruir las fortalezas levantadas en naipes.
A medida que nos anticipábamos hacia el punto convergente, lograba divisar a párpados sobrepuestos su bella silueta imaginaria, aquella que alcanzaba a rodear sin escrúpulos con la mirada. Era una de las tantas faenas áureas del viento la que se involucraba con la oscura tonalidad atribuyente a su cabello, ocasionándole diversas impresiones que dejaban claramente entrever no habían sido vividas precedentemente, reaccionando de tal manera que este resbalase entre sus dedos de niña, lo que asimilé como un dejo de inmadurez que impedía apartar mi atención. Percibí cómo su corazón se aceleraba progresivamente cauto, sin saberlo, al compás de mi suspiro desenfrenadamente atenuado y omnipresente. Advertía entonces a la quema de cierta atmósfera ceñida en dieciséis crepúsculos, la vela consumida de mi dorso, impulsándome a correr con furia hacia direcciones inconclusas. Ya podía notar cómo las imperfecciones del tiempo se volvían placenteramente banales y absurdas a cada milésima de destello que transcurría.
Me es de suma dificultad recordar con completa exactitud cómo nuestros pies descalzos de convicción y armonía translúcida, enmudecidos bajo un estado algo ambiguo, fueron capaces de trasladarnos hasta la lluvia arbórea que caía sin previo consentimiento. Cedimos entonces al perenne andar sin objeción alguna, acercándonos poco a poco a cierta utopía esclarecida, al flagelo dominante del húmedo tango que respirábamos a la par, mientras que el carrusel de su mente y de la mía cómodamente nos importunaba. Fueron, como la torpeza e inexperiencia que irradiaban la lámpara encendida de sus ojos, junto a los espontáneos movimientos inscritos en el piso que golpeaban amargamente mi sien, los resultantes de una mejilla cristalina en flor y labios, tras imaginar anteriormente el ligero soplo de su partida y advertir, ya pronto, el haberla perdido irremediablemente.
Nos hallábamos tan solo a metros de concurrir al renacer próximo de antiguas conjeturas, cuyos particulares centinelas yuxtapuestos en confusión, tendían a desordenar todo paradigma previamente existente entre nosotros. Se entremezclaban, ya pronto, el goteante silbido enigmático de su vientre con la joroba continua y el pregón ardiente y doloroso de la anciana agonizante al pie de una escalera interminable, cuyo rostro octogenario acudía, indisputable y lastimero, al vuelo eterno en lozanía de aves mendicantes.
Minutos, años, días, noches, cielos, infiernos, ánimo, hastío, dignidad, declive… Acaso todo aquello se interponía entre su carrera y la mía. El tintero lóbrego vertido sobre aquella epístola de ásperos y dúctiles vocablos derramados y la irrealidad incompatible de su vocifera mirada.
Me era imposible no reflexionar sobre lo que fehacientemente sucedería en pequeños intervalos de segundo y distinguirme absorto al superpuesto y vil desengaño de su semblante intrépido. Entre vacías sendas y pavimentadas eventualidades, la visualicé a paso ineficiente por las veredas resquebrajadas de su solitaria y obstinada calle, intentando inútilmente hallar una explicación inequívoca que comprendiese el andar sin rumbo bajo tantos paraísos en decadencia. Fue en aquel momento que nos encontramos frente a frente, con aquellas superfluas y abstractas caretas sin nombre. Detúvose allí, el anómalo tiempo: contemplación etérea de otoños absueltos. Recíproca, homóloga, compenetrada mirada… no bastó con tu dulce acerbo para que forjásemos aquel descuido lánguido tan natural en ambos. Cada uno apáticamente, sin pronunciación de sentimientos, dio un giro estrepitoso e irreverente, como extremos totalmente disímiles, siendo fieles a su propio curso y lecho, en desacuerdo con cualquier discernimiento. Tan solo eludiéndose simultáneamente, cual miradas escépticas, tibias y sin sombra, por no ser aquel el momento ni el lugar que verdaderamente dentro de sí añoraban y deseaban con absoluto delirio.


