everybody loves a big fat lie

Where is this love? I can't feel it, I can't touch it, I can hear it, yes, I can hear some words, but I can't do anything with your easy words.

jeudi, octobre 20, 2005


Noviembre 17, otoño de 1993.


No era aquello lo que buscábamos y perseguíamos con exuberante ímpetu: vernos enfrentados ante las limitantes de una realidad hostil e incierta, sino más bien aquel encuentro casual, que ambos sabíamos sería lo menos casual de nuestras vidas, que nos condujera a experimentar lo anhelado, que pudiese ser lo que lentamente comenzábamos a compartir: aquella confabulación inverosímil que tanto nos deleitaba en secreto.


Teníamos quizá la certeza de que, desde mucho antes de que naciésemos, hubiese escrítose aquel destino que envolvería almas crudas como las nuestras en tormentas de risa y hojas secas, en lágrimas caóticas de desaliento y miedo, añoranzas cubiertas de locura inasumible, pensamientos irrumpidos por lujuria y respeto; pero no se entrelazaban en ambarinas y tornasoles clarividencias propias de cada uno; no establecía siquiera una similitud con lo que deseábamos realmente. Sin embargo, fue aquel mismo mundo sumido en paradigmas el que nos desterró de incuestionable manera, dejándonos libres para conducirnos nosotros mismos a donde esperábamos llegar.


Caminábamos de aquí a allá sin dar cabida a lo que especulábamos podía suceder, pues nada nos aterraba más que pensar en el encuentro de un fortuito camino que habría de conducirnos irrefutablemente hasta aquella profecía contradictoria. Solo dejábamos llevar nuestros cuerpos etéreos de un lado a otro sin dicotomías previamente establecidas, otorgándole recóndita importancia tan solo a esa extraña connotación que ninguno de los dos podía aún así manifestar, intentando verdaderamente no interferir con ciertos indicios ambivalentes del subconsciente.


Fue el silencio sepulcral, acaso, de nuestras almas el que reflejaba aquella analogía propia que creíamos haber perdido en un sendero subrepticio; el que a través de su incondicional entrega, nos motivaba a continuar con testimonios misántropos de lo habitual, que pudiesen destruir las fortalezas levantadas en naipes.


A medida que nos anticipábamos hacia el punto convergente, lograba divisar a párpados sobrepuestos su bella silueta imaginaria, aquella que alcanzaba a rodear sin escrúpulos con la mirada. Era una de las tantas faenas áureas del viento la que se involucraba con la oscura tonalidad atribuyente a su cabello, ocasionándole diversas impresiones que dejaban claramente entrever no habían sido vividas precedentemente, reaccionando de tal manera que este resbalase entre sus dedos de niña, lo que asimilé como un dejo de inmadurez que impedía apartar mi atención. Percibí cómo su corazón se aceleraba progresivamente cauto, sin saberlo, al compás de mi suspiro desenfrenadamente atenuado y omnipresente. Advertía entonces a la quema de cierta atmósfera ceñida en dieciséis crepúsculos, la vela consumida de mi dorso, impulsándome a correr con furia hacia direcciones inconclusas. Ya podía notar cómo las imperfecciones del tiempo se volvían placenteramente banales y absurdas a cada milésima de destello que transcurría.



Me es de suma dificultad recordar con completa exactitud cómo nuestros pies descalzos de convicción y armonía translúcida, enmudecidos bajo un estado algo ambiguo, fueron capaces de trasladarnos hasta la lluvia arbórea que caía sin previo consentimiento. Cedimos entonces al perenne andar sin objeción alguna, acercándonos poco a poco a cierta utopía esclarecida, al flagelo dominante del húmedo tango que respirábamos a la par, mientras que el carrusel de su mente y de la mía cómodamente nos importunaba. Fueron, como la torpeza e inexperiencia que irradiaban la lámpara encendida de sus ojos, junto a los espontáneos movimientos inscritos en el piso que golpeaban amargamente mi sien, los resultantes de una mejilla cristalina en flor y labios, tras imaginar anteriormente el ligero soplo de su partida y advertir, ya pronto, el haberla perdido irremediablemente.


Nos hallábamos tan solo a metros de concurrir al renacer próximo de antiguas conjeturas, cuyos particulares centinelas yuxtapuestos en confusión, tendían a desordenar todo paradigma previamente existente entre nosotros. Se entremezclaban, ya pronto, el goteante silbido enigmático de su vientre con la joroba continua y el pregón ardiente y doloroso de la anciana agonizante al pie de una escalera interminable, cuyo rostro octogenario acudía, indisputable y lastimero, al vuelo eterno en lozanía de aves mendicantes.


Minutos, años, días, noches, cielos, infiernos, ánimo, hastío, dignidad, declive… Acaso todo aquello se interponía entre su carrera y la mía. El tintero lóbrego vertido sobre aquella epístola de ásperos y dúctiles vocablos derramados y la irrealidad incompatible de su vocifera mirada.


Me era imposible no reflexionar sobre lo que fehacientemente sucedería en pequeños intervalos de segundo y distinguirme absorto al superpuesto y vil desengaño de su semblante intrépido. Entre vacías sendas y pavimentadas eventualidades, la visualicé a paso ineficiente por las veredas resquebrajadas de su solitaria y obstinada calle, intentando inútilmente hallar una explicación inequívoca que comprendiese el andar sin rumbo bajo tantos paraísos en decadencia. Fue en aquel momento que nos encontramos frente a frente, con aquellas superfluas y abstractas caretas sin nombre. Detúvose allí, el anómalo tiempo: contemplación etérea de otoños absueltos. Recíproca, homóloga, compenetrada mirada… no bastó con tu dulce acerbo para que forjásemos aquel descuido lánguido tan natural en ambos. Cada uno apáticamente, sin pronunciación de sentimientos, dio un giro estrepitoso e irreverente, como extremos totalmente disímiles, siendo fieles a su propio curso y lecho, en desacuerdo con cualquier discernimiento. Tan solo eludiéndose simultáneamente, cual miradas escépticas, tibias y sin sombra, por no ser aquel el momento ni el lugar que verdaderamente dentro de sí añoraban y deseaban con absoluto delirio.

mardi, octobre 18, 2005


Es muy difícil y complejo (¿lo recuerdas?) encontrarse frente a quien marcó mis diecisiete como el otoño y abril conjugado de 1973 (aquí vamos de nuevo) y despedirse de la cúspide y el ensueño para volver a la realidad que nunca me ha gustado asumir. Y es que mientras más pasan los años está más lejos la posibilidad de alcanzarte, Traveler, pero aún así los frijoles no son en vano. Necesitaré más que el umbral de tu puerta, de tu mirada de siempre y profunda, pero ahora apagada por lo que no hiciste y anhelabas con lujuria, de ella y de aquel blanco opaco, que me persigue y la viste, para desaparecer en anacrónicos y grisáseos cafés de humo; para renegarme a mí misma y dejar de ser Talita y consciente. Sí, bebé Rocamadour, porque aunque no lo desees tanto sabes que así es como acabará todo. Bebé, bebé, bebé. El humo, los frijoles, cafés y abril. Un otoño, tu mirada. Los frijoles, tu mirada, un café y no haces nada por impedirlo... y a decir verdad, yo tampoco. Andamos de aquí para allá y no lo intentamos. Tenemos la certeza de que es precisamente esta la vía de escape hacia el crepúsculo que nos contemplará cada año, mas transcurre como témpanos y hojas en septiembre, tan ajeno. Temes al equívoco, Traveler. Escúchate y date cuenta de que podemos alcanzar el cielo terrenal que nos promete Rayuela y sus tableros y Morelli, tan solo dejándote llevar por los caminos del azar, el cuestionamiento intrínseco y el juego sordo de mi cintura prohibida.

dimanche, octobre 16, 2005


Y es así: una especie de confabulación que advierte al viejo ermitaño, quien pende y se inclina lentamente hacia un sucucho vil bañado en cartón y risa extinguida, cuya inverosímil hambruna se torna cóncava y absurda, junto al nauseabundo urbano de siempre, olor a piel y café mundano, a paso decidido por Moneda y San Antonio, al par de una pécora que danza al compás del humo, necesitando de papel rayado para subsistir. Ambos, sumidos en el gris exacto de una ciudad, ápice de la soledad inmersa en sus entrañas, se cruzan imaginando un sin fin de dicotomías respeto a sus realidades, no advirtiendo aquella característica en común tan evidente.