everybody loves a big fat lie

Where is this love? I can't feel it, I can't touch it, I can hear it, yes, I can hear some words, but I can't do anything with your easy words.

dimanche, août 13, 2006


Instrucciones para utilizar un paracaídas:

Se dice que cierta especie de trapo viejo, compuesta por veintitantas dicotomías de seda, ha sido diseñada para emergencias, es decir, para que aquellos entes carentes de imaginación y agallas suficientes para arrojarse al vacío, logren alcanzar la vertiginosidad inherente a la existencia sin correr el riesgo (qué lamentable) de encontrarse con el alquitrán en suspensión perpetua. El curioso artefacto es capaz de comprimirse dentro de un saquito que se sujeta a la espalda con un arnés. Este, a su vez, se encuentra unido a dos anillos oxidados (de tanto esperar, seguramente) que se despliegan como sucesiones esquizofrénicas de filamentos musculares que van a dar al extremo superior e inferior y a todos los extremos de todas las cosas. Es importante destacar que, desde dentro del bulto, emerge una pequeña cuerdita (como todo lo aparentemente insignificante) que deberá ser tomada con fuerza. Una vez abierta las compuertas, el portador del artificio se encuentra en manos de un montón de contratos y seguros de vida, y es tanto el afán de recordar y de tirar de buena vez la cuerdita de apertura que lo definiría todo, que la típica película de la infancia y en blanco y negro pasa por su cabeza como quién visita a los muertos después de diez años del siniestro y limpia las lápidas atestadas de colillas de cigarro, es decir, sin miramientos. Se cree que el primer salto en paracaídas del que se tenga registro ocurrió en el año ochocientos cincuenta y dos antes de Cristo, cuando un religioso musulmán intentó volar sobre Córdoba, España, saltando desde una torre envejecida mientras llevaba una enorme capa con lunares. Pensó que la capa se curvaría y permitiría que flotara suavemente hasta aterrizar, pero la capa no pudo desacelerar su caída y se estrelló contra el piso. Pobre.

samedi, août 12, 2006


He decidido narrar lo ocurrido, señor, pues me es necesario liberar un tanto de ese dolor agridulce que me ha enclavado en las sienes de siempre y, si tengo suerte, las cosas cambiarán y dejará de ser usted un completo extraño que me conduce hacia el abismo con calles de cera. Y, con un vaivén de tacos y paraguas e idiomas, me llevaba usted (con todo respeto, permítame citarlo entre las líneas fúnebres) de la mano, como si el arrastrarse por los pasillos atestados de ropa interior fuera tomar un café en el Bordeau Richi y pedir tostadas con mantequilla por cortesía. Me pregunto cómo aún la vecina del seiscientos siete no asoma su ojo vidrioso por el cerrojo de la puerta, tan imprudente como el anciano del piso de abajo que golpeaba desde el fondo con el bastón monocromático, y denuncia de una vez por todas lo que en su cabeza se dibujaba desde hace meses. Pero no, le gusta todo eso, se retuerce de placer imaginándonos boca abajo y un montón de baldosas escurridizas y frías provenientes de la cocina; el cómo, sin darnos cuenta, se iban cayendo del escritorio un sin fin de pruebas no contestadas entre libros surrealistas ya leídos. Marcaban las doce y treinta y nueve, qué tontería; nunca me escuchó cuando le dije que la batería ya no estaba en buen estado y que era mejor ir en busca de una al almacén de la Rue du Chantê. En octubre va calando el silbido profundo entre las ventanas, señor, entre las ventanas semiabiertas y descuidadas y aún así me ha inducido usted a olvidar los zapatitos en la sala y acompañarlo sin calcetines hasta la absurda existencia de las paredes blancas y los interruptores con telarañas. Dos, tres, (sigo sin entender por qué odiaba usted el número cuatro; tal vez la palabra clave lo necesitaba más que sus labios), dieciocho y los géneros se van desenvolviendo, el tirante negro con los dientes y su pelo enmarañándose y sin sentido; mis senos sepulcrales ya no se desconocían tanto entre el aleteo de las libélulas absortas. Y entonces el techo con sus yemas marcadas, los espejos borrascosos en vaho, las sábanas impregnadas de sudor pálido y un silencio culpable. Después de todo, señor, usted supuso que su camisa de trabajo calzaría perfectamente en mi silueta fatigada; ya me había tocado antes con las hojas de los cuadernos muertos. Excúseme ahora por mis escritos impulsivos.

dimanche, août 06, 2006


La puertita vieja de la abuela había seguido trabada hasta el domingo pero, por alguna extraña razón que la tejía desde afuera, con palillos metálicos y atestados de ventiladores sintéticos, ha dejado de estarlo. Mi vecino de al lado me dijo que habían un par de banderas absurdas tiradas en el pórtico, junto a los periódicos acumulados de hace más de una semana fideliana y un sin fin de canicas en abandono que casi no tenían ojos de gato cojo. Mejor [re]cogerlas, no? Para que no se pierdan tanto, digo, como las líneas de la mano que leyó la gitana, las mismas líneas de otra mano que ahora abren la puerta y te arrastran consigo, con un capítulo imprescindible y un no verte nunca más.

[No había notado que guardaban tantos hilos conductores, como si se tratase de la misma historia repetida una y otra vez, infernal y eternamente]

Hesta Hamèlie y sus hestupideces.


Where is this ‘love’? I can't see it, I can't touch it, I can't feel it. I can hear it. I can hear some words, but I can't do anything with your easy words.


O tan solo una cédula de identidad olvidada; aquella que tirada, sobre la alfombra bañada en Sauvignon y ropa vieja y pólizas de seguro sin firmar, es más dulce y placentera. Cuán hermoso es imaginarla, por un instante, en el camión de la basura que deambula a las cinco de la madrugada sin dejarnos dormir, cuyo sonido tenue se volvería entonces como el chirrido de una valkiria. Sí, pues también disfrutamos viéndola desintegrarse entre nuestros dedos que no se tocan, pero que sí son capaces de deslizarse con mayor rapidez por mi vientre, por la colección de jazz favorita y los discos de siempre. Y que de Wagner y que de Tchaikovsky, por el contorno sutil de una boca que puede más que eso y el desvelo. More coffee, Tr.?


Tal vez son el sin fin de emociones encontradas al ver ciertas imágenes las que me llevan a esto. Sí, porque todo lo que nos ha sucedido es raro y hermoso, querida mía, porque cada vez que conversamos nos acercamos más y nos volvemos más cómplices. Y las cabritas saladas ayudan bastante, junto a los conitos derretidos y un tanto pegajosos y las luces intermitentes y la música. Tú sabes que nunca he sido buena para algunas cosas (like this), pero lo hago con tanto cariño y admiración que incluso se justifica. No me canso de decirte y pensar que eres el mejor regalo que pude encontrar. Te quiero mucho, Eva, y espero que reconsideres ese "algo" que ambas sabemos y de la azotea que te mencioné. Comamos partituras y libros y vaqueros!


Je ne suis ni un personnage fantastique ni une formule magique. Je ne suis ni homme ni femme et je n'ai ni feu ni lieu. Je ne suis ni dieu ni démon, ni histoire ni chanson. Je ne suis personne, mais je suis légion.


Es algo similar solo que con los anteojos al revés, Alice.


Mordaz y elocuente, te entremezclas con las paredes del infierno y yo me escapo, sin saberlo, hacia ti y aquel fiel sepulcro que me hiere. (6;78)
Oh lord, when the temples fall and the silence becomes tenuous and pleasant. (55;2)
Et lentement nous nous déshabillons, près d'une tasse de café qui n'hésite pas. (17;1)
Gott, seine Haut will mich verlassen und seine dreizehn wollen mich töten. (3;29)
Letrados, día de. 1616.


Y es complejo hacerte el amor con ese apretado corsé, hermosa mía, porque pareciera que tuviese cerradura por dentro y los años que nos separan fueran más crudos y que de un sofá que carga los recuerdos flagelantes dependiera el silencio.


-And kingdoms fall-
Un hombre solo en una casa sola no tiene deseos de encender el fuego.
Debes haberte casado con un profesor primario o jefe de correos.
Que hoy deben estar en el cielo jugando brisca rematada.
Y tus días pasan como si no pasaran.
El viento trae olor a terneros mojados.
Por ella, no? (125; 155, 158)


No se dio cuenta de cuando se encontraba tirada en el pecho de la eternidad, mirando el firmamento del deseo excéntrico plagado de libélulas versátiles y atestadas de versos inconclusos, recordando y recordando, como quien recuerda aquellas cosas recordables que causan el sentimiento antes, durante y después de. Porque recordar era distinto a acordarse. Era más visceral, más vertiginoso, menos afable, más del dolor mismo. Y pasaba por entre los niños, observando la multiplicidad de mundos que estaban acaeciendo ahora, porque mientras pisaba las hojas, lograba mirar al niño y la hoja se quebrajaba. O tal vez el niño se quebrajaba, la hoja pisaba y ella miraba. Ella, la hoja, el niño. El niño, el niño. El niño miraba la hoja y no respondía al crujido. La hoja la pisaba, el niño la miraba y ella crujía. Sí, seguramente era eso.


Alguien me dijo alguna vez que pisar las líneas entre los cuadraditos del asfalto traía mala suerte y lo mismo de los gatos negros y las escaleras y los espejos y los paraguas. Qué extraño. Y a mí que me han dado solo torres interminables de libros amarillos.
Aún nos espera la sombrilla que dejamos aparentemente olvidada, M. El cordón de tus zapatos está como enmarañado en Spectre, eso sí. Pero mejor. A ver si nos encontramos con la anciana de un ojo que de pasado mañana y nos para frente al reflejo que vomita conejitos y lápidas de juguete.


How you pick up the thread of the old life?
How you go on, become to understand, there is no coming back?
Les crépuscules; auparavant, auparavant.
Soñábamos con el banquito de siempre y el sombrero de copa que no funciona.
De todos modos el andar de las péndolas empapeladas; le pont c'est fini.


Me dijo que le dijeron que le decían que mejor tal vez quizá en una de esas podría ser que mejor no muriese. Cuando los calcetines que saben a aceitunas verdes dicen que las cosas pueden ser, a pesar de los trece, es el momento de correr descalza, de oler un narciso, de besar un ornitorrinco. Y los pasillos y las bufandas azules y los cuadernos con medioevo y los guantes. La carta que envuelve el arma de vino tinto y de mascarillas de hospitales públicos.


De no desearte y de puta. Me dan ganas de golpearte, Alice, y luego viene el desorden de los zapatos que se esconden en el rincón más oscuro de la sala y los recibos sobre la mesita junto a la cama. Me asusta que Neruda; me estremece que.

Ames el amor de los marineros
que besan y se van.
Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.


Desde todas las ventanas de todas las casas de todos los ríos de todos los mundos siempre parecerá perfecto.
Y ya ni modo. Que de mariposas, que de vértigo. Que de narcisos caminantes y silogistas. Siempre termina todo igual, como manipulado desde arriba. Porque no tiene nada de malo creer, mientras esto tenga motivo y raíz. Tal vez no. Aún así ya me aburrí de pensar que los arcoiris cumplen deseos mundanos y que rascarse la espalda con una piedra es mejor que comer pulgas. Nótese que pulgas silenciosas, no como esos porotos que hablan desde el centro y de quizás y de viajes tontos que no concretan. Porque me prometiste (sin balbucear y siempre jugando) que me regalarías unas alas moradas seguras, que tendrían mil años y resultaron ser café repudiante y un montón de plumas sin sentido y sin amortiguador que valga para las caídas de siete pisos. Claro que son siete, Adeth, y te punzan desde los dedos tristes y el nudo volátil de la angustia. No más copados buzones, que de copados tenían tan poco; solo sobres bilingües y apóstrofes obsoletos.


Me da miedo tocarte y que tu paletita se pueda quedar clavada en mi cuerpo, ya sabes, no poder despegarla nunca más.


Si tú sabes que yo sé que los aeropuertos son solo nuestros. Las aduanas siempre me han puesto nerviosa; como que la gente te toca muy a prisa y prefiero las tarifas de los autobuses que las de los taxis. Me encantan los juegos. En mi tura, de hace más de cuatro horas y tres minutos, leí que beber veneno por licor suave en voz de Lope era casi casi -solo casi- como el embarque. No me perderé. Y vístete con camisas rojas, que se te va el avión. Ya, lo admito, te habla por mí el rebaño de ovejas taciturnas.


Parece que tengo unos deseos culpablísimos de quedarme por el lado de acá; como que resulta extraño tomar un autobus que viaje hasta el fondo del agua y nos vaya desplazando a otro sitio con habla familiar, porque es increíble el andar con una bandera de la mano.


Duur bash fetep oskilande ñeñeob
Fisulavt bbut lestre baam pff liaam
Iwañuterop glami lova sore. D-d.
(y las plantas con uñas y ríos fértiles, Andrée;
sigo sin creer en las secuencias absurdas)


Tus zapatitos ingleses combinaban mejor con la verdad, con esas cosas cuerdas de la vida, viste. Pero optaste por el vértigo, por los puercos que ilustran versos sin sentido (no es que el sin sentido me moleste, sino más bien el provenir de tu cuerpo carente de perfume) que solo logran generar más coágulos cerebrales y aneurismas en los ojos; las ventanas de la costumbre se hallarán repletas de cortinas ahora. Una vez de pequeña me dijeron que las más grandes palabras podían ocultarlo todo y cuatro de los cinco eran sus solemnes cómplices. Siguen encantándome las letras. Digo cuatro porque mi predilecto nunca había fallado. Pero contigo el café olía distinto, la sangre hervía por dentro y las entrañas se calcinaban como si aquello fuese sublime, mas cuánto tardaste en desmoronarlo todo, amado mío, cuántas cartas ahora que quedarán para siempre en la cajita verde sobre la mesa escondida entre tus infidelidades. Y no solo cartas, bienaventurado paracaídas, también las sábanas quedaron con sabor a trapo viejo y silencios no culpables. No me pidas que me coma los chocolates que conservo para ocasiones especiales, ya sabes, para ese tipo de olvidos y las retrospecciones de muerte próxima; el retorno tiene ese querer ganar una guerra que en mí se ve tan poco. No era necesario, definitivamente. Y terminar de una vez el juego del cíclope es aprender a obsequiarte enciclopedias enteras y manuales prácticos que te enseñen cómo amar.


You make the sound of laughter and sharpened nails seem softer. If you touch my nose, if you kiss my forehead I will smile and it’s so dangerous, sweety, dangerous for you because the more I smile, the more I fall in love with you and all the things you touch are dying, but it's ok…
It could be worse.