
Ella diría que se tenía que ir, pero en realidad ella misma se había llamado para decirse que era tarde y que debía volver a su casa. Él, no sé por qué, se ofrecería para ir a dejarla hasta el metro. Ella, aunque quería, le susurraría que no era necesario porque estaba lleno de guardias por todas partes. Él, sabiendo que eso era cierto, le diría que no era bueno que caminase sola. Ella se despediría de todos y de beso. Él les haría una seña de que volvería más tarde y guardaría los cigarros en el bolsillo izquierdo de su camisa. Ella tomaría su cartera y algunos libros que había pedido ese día en la biblioteca para su proyecto de neuroligüística del fin de semana. Él caminaría a un centímetro y medio de distancia. Ella se pondría nerviosa ante la situación incontrolable. Él se movería en silencio y solo se escucharía el alquitrán y lo aspirado. Ella se le adelantaría en el paso un poco y en el asfalto. Él la tomaría del brazo y le pediría un segundo lánguido. Ella se desviaría del camino para escuchar lo que él le diría. Él la acercaría a su pecho para decirle que ya no podía más. Ella recordaría a Alicia en el país de las Maravillas y le insinuaría que se dejara de leseras. Él colocaría las yemas de sus dedos sobre las palabras en el viento helado. Ella sentiría cómo el corazón se le resbalaría entre los senos. Él le tomaría el mentón con el tacto lleno de peces. Ella bajaría la cabeza con miedo y culpa. Él la miraría a los ojos y rozaría su nariz y su frente y sus labios y su lengua y todo hasta el limbo. Ella sabría cómo la lava correría entre los volcanes ardientes. Él sentiría cómo los pezones socavarían sus costillas inherentes. Ella sería una pulsación que va desde dentro hacia fuera. Él encarnaría el vaivén perfecto de los cuadernos sin contra páginas. Ella entrelazaría un murmullo en la estaca del monte enmohecido que tintinea. Él la presionaría contra la pared con ilegible fuerza apolínea.
Ella gime Cervantes y él orgasmea marxismo: esa es la idea.



